Otra soberanía ¿es posible?

 


Domingo González ofrece en su libro Soberanismos (Ediciones CEU) un excelente recorrido por el significado del término «soberanía». Sin pensar mucho, aquellos que sean duchos en la materia, pensarán directamente en Juan Bodino ―como se decía en España no hace tanto―, pero se olvida con facilidad la otra forma de soberanía que estuvo en el radar intelectual de la época, la de Juan Altusio. Mientras la primera se centraba en el soberano, primero el monarca absoluto, luego la nación o la ciudadanía ―para los melindres o pusilánimes de lo nacional-patriótico―, el segundo dotaba de soberanía a distintos cuerpos intermedios, concepción muy medieval, y al final, en realidad, al pueblo.

La justificación, por parte de Thomas Hobbes, del Leviatán moderno, esto es, del Estado, aupó la soberanía de Bodino a la categoría de única posible, algo que acabó confirmado durante la Revolución Francesa, no así la Americana, hasta llegar hasta nuestros días. Por el camino, pensadores como Carl Schmitt decidieron que el verdadero soberano sería aquel que era capaz de proclamar el estado de excepción, pero básicamente la soberanía abstracta del legista quedó como única viable. Toda la historia de ese camino está en el libro.

El profesor González, empero, intenta recuperar para la política moderna la idea de las soberanías compartidas o de la soberanía plural, si lo prefieren, de Altusio. Un pensador que siempre se ha estudiado, así como por encima ―al menos en los cursos de Historia de las ideas y de las formas políticas en la antigüedad del plan del 74 en España sí se estudiaba―, pero del que tan solo han hecho uso los pocos federalistas y confederalistas que han sido hasta épocas recientes. Paradójicamente, siendo Altusio en sí un personaje influyente en la revolución estadounidense, casi nadie se ha percatado de ello. Esa división del poder del Estado, o de los estados, intraestatal no ha sido considerada por muchas personas que han preferido centrarse en lo que se decía en los Federalist Papers de los padres fundadores, mientras era obvio que Altusio estaba allí espiritualmente.

Recuperar, a la par que el soberanismo altusiano, el nombre del Pueblo, no como entidad ficticia propia del liberalismo, ni como eslogan prefabricado de los diversos populismos, es otra de las tareas que encomienda González. Vinculada a la idea de soberanismo plural está, sin duda, la de pueblo real, con el suficiente poder para destituir al «soberano» estatal. Se recupera de esta forma la teoría del tiranicidio sin necesidad de acabar con la vida del detentador del poder en las democracias actuales ―también aplicable a las tiranías, pseudodemocracias y dictaduras de todo pelaje―, pero sí con esa capacidad soberana que en la teoría altusiana era posible.

Porque la teoría del tiranicidio, con la llegada del soberanismo bodiniano y hobbesiano, quedó completamente inerte. Santo Tomás de Aquino ya hablaba de esa capacidad del pueblo para deponer al monarca, siempre y cuando se diesen varios pasos: petición de cambio de conducta, petición de arrepentimiento y persecución del bien común, petición a Dios de proveer ese cambio de actitud y, ya sí, destitución del gobernante. Una capacidad que desaparece en la historia de las ideas o se legisla de forma impracticable en el positivismo jurídico actual. El impeachment estadounidense o la moción de censura ―o la de confianza cuando tiene repercusiones reales la no confianza― son esas pequeñas rémoras del tiranicidio, pero están tan legisladas, tan restringidas y tan entregadas en realidad a los mismos que auparon al «tirano» que son raramente eficaces. Hay que contar con la ética del gobernante para ello.

En todo ello, ergo en el libro, late el bien común. Otro concepto perdido o prostituido en los regímenes actuales. Solo siendo el pueblo, con sus diversas expresiones orgánicas, verdaderamente soberano puede haber una política del bien común. Dicho de otra forma, el bien común solo podrá estar en la política activa si la soberanía no está concentrada en un solo lugar. De ahí que la idea de soberanía de Altusio permita una concepción de abajo a arriba de la política, una política más organicista, más vinculada a lo que realmente el pueblo es. No esa sociedad compuesta de meros agregados individuales. Todo esto es lo virtuoso del libro de Domingo González.

Ahora bien ¿cómo aplicar esa soberanía altusiana en el mundo real? No queda claro, salvo que haya continuidad libresca. Tampoco son de recibo los palos lanzados a los politólogos como si fuese una manada de seres interesados en empirismos o gobernanzas. Paradójicamente uno de los autores cuya esencia se puede ver durante todo el desarrollo del texto es politólogo, Dalmacio Negro. También ha habido numerosos politólogos que han estudiado el fenómeno del Estado actual y los dilemas a los que se enfrenta sin caer en la ficción del Estado totalitario que muchos quieren ver en el actual desarrollo. Si se le ha prestado poco interés a la soberanía es porque como elemento político real lleva décadas sin existir, bien distinto es como elemento del lenguaje ideológico o doctrinal. Y eso de que no hacen arqueología conceptual… podría citarle tres trabajos míos publicados donde la arqueología conceptual es parte de los mismos. Bien es cierto que una gran mayoría de politólogos y sociólogos se dedican a comparación de peras con manzanas para decir que aunque parecidas no son lo mismo, pero eso es problema no de los politólogos sino de sistema de publicaciones impuesto.

Salvo estas nimias cuestiones, más el añadido de René Girard y su teoría de chivo expiatorio como constitutivo de lo político-social que es muy discutible o la ausencia de cuestiones económicas como determinantes en última instancia de ciertos desarrollos, aunque no es el lugar de debatirlo, el libro hace que el lector se pregunte sobre cuestiones un tanto olvidadas en el pensamiento político-jurídico. Se abre una vía de exploración para ese cambio que está presente en todas las sociedades occidentales respecto a la política y sus repercusiones en la vida corriente. Ese debate sobre si se les ha dejado ir demasiado lejos a los oligarcas, de todo tipo pero especialmente políticos, sobrevuela todo el libro. Léanlo y duden.

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