ODISEO ERA UN FARSANTE
Castro Lago nos propone en Reyes de Ítaca (Tres Hermanas) una visión distinta a la común del viejo Homero en su Odisea. Esos tiempos en los que Penélope tejía y destejía el sudario para Laertes con la única finalidad de entretener a los pretendientes al trono de la isla-reino. Odiseo, mientras tanto, estaba de parranda con los amigos por culpa de un «quítame allá esas pajas» con los dioses del Olimpo. Una visión novedosa de los últimos momentos de la espera que engancha desde el principio, especialmente a quienes conozcan la obra inmortal, al imaginar ese vacío de la épica homérica.
El autor juega con el lenguaje y a cada personaje le va endosando un calificativo, o dos porque pueden ser calificados según el momento novelístico, en imitación de la escritura homérica. Así Laertes es «el que no tiene enemigos», por ejemplo. Aunque se eche en falta alguna broncínea lanza. Y además introduce una especie de reflexión al comenzar cada capítulo, la cual tendrá que ver con lo que en él se desarrolle. Esto provoca que haya necesidad de leer lo siguiente, de ver si el capítulo cumple con las expectativas creadas por ese pequeño párrafo de incoación o de iniciación al canto. Eso sí, no se asusten esperando un poema con hexámetros dactílicos, no, es novela.
En esa espera saldrán a la luz todas las penurias y deseos de Penélope; el drama interior de un Telémaco incapaz de estar a la altura de las gestas que cantan sobre su padre; las ambiciones y podredumbres de los pretendientes; la decrepitud iluminadora de un lotófago Laertes; la aparición de un misterioso Forastero que cambia a los itacenses de palacio; la llegada de un Odiseo que en nada es lo que parece ser; y un final que deja la sensación de que la historia siempre podría haber sido de otro modo si el ser humano se atreviese a…
Y hasta aquí se puede leer. Dirán, con razón, «corto te has quedado con la reseña». Cierto, pero no han de olvidar, queridos lectores, que lo suyo es provocar que ustedes lean el libro, no que gracias a una reseña puedan hablar como si lo hubiesen leído y fardar en redes sociales o en clubes de lectura. Si con lo dicho no les entran ganas de leer, mala suerte. Especialmente para las editoras que no venderán algún ejemplar. El libro tiene la suficiente entidad literaria propia para que hagan ese esfuerzo de comprarlo, leerlo y disfrutar de un buen rato. Y, por último, se preguntarán ¿por qué Odiseo era un farsante? ¡Ah! Les toca leer para conocer.

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