Alfonso Guerra, una biografía mala
Me molesta tener que escribir este tipo de reseñas. Normalmente, cuando un «reseñista» se encuentra con un libro con graves carencias o de mala calidad, pasa al siguiente libro de la lista y olvida que ese libro llegó a sus manos. Salvo que haya algo personal entre el escritor y el «reseñador», más vale no dar ni publicidad, por mala que sea, al libro, no vaya a ser que alguien, por aquello de llevar la contraria acabe leyendo el libro. Todo esto sucede en un mundo donde los que publican artículos sobre libros suelen haber sido agraciados con la gratuidad de los mismos, pero ese no es mi caso. Me he gastado 20€ en un libro que vendían como una biografía ultimísima de Alfonso Guerra y, mira por donde, el libro es malo con ganas.
Estoy convencido de que Francisco Márquez Hidalgo puede haber escrito libros interesantes sobre otros temas, en especial la Segunda República y la Guerra Civil, incluso debe impartir unas clases prodigiosas en su instituto gaditano, pero con este libro ha cometido graves errores, tanto de tratamiento de fuentes como del desarrollo del perfil de biografiado. Pareciera que ha querido hacer un resumencillo de las memorias de Guerra con algunos aportes de algunos historiadores y periodistas. De hecho hay algo, para quien sí conoce algo el tema, que sorprende, cita en la bibliografía numerosos textos que parece no haber leído porque dan claves sobre el propio personaje.
Si usted quiere leer una biografía, suave, sin profundidad sobre Alfonso Guerra este libro es idóneo. Si busca algo más trabajado, más histórico, aunque con los matices de la divulgación, no, no lo compre.
El tratamiento de la juventud y adolescencia de Guerra está bien llevado porque tampoco es que nadie se haya preocupado por rebuscar o entrevistar al interfecto para conocer más. Pero hay algo que es conocido y que se obvia en la biografía, cuando a Alfonso le dieron el premio al niño más listo de Sevilla de un programa radiofónico. Hay hasta imágenes del hecho. Es una anécdota curiosa que, cuando menos, debería haber aparecido.
Sobre la formación del «clan de la tortilla», calificativo que tampoco se menciona, se obvia que fueron Guerra y Yáñez quienes comenzaron el grupo al que se fueron añadiendo Carmeli Hermosín, el «cabezón» Chaves, Carmen Romero —por compartir grupo de teatro con Alfonso—, Escuredo y luego Felipe González. Mientras el futuro presidente del gobierno estaba con sus cosas de la HOAC, de hecho fue becado para estudiar fuera de España, Guerra, al ver cierto potencial en él, lo atrajo hacia el grupo. Nada tiene que ver que Carmen estuviese ahí pues se hicieron novios con el roce político, por así decirlo.
También parece que Guerra era un completo desconocido para los socialistas del exilio y del interior, cuando en realidad le conocían bastante bien porque había acudido en un par de ocasiones a cursos de las Juventudes socialistas en Francia, hecho que se obvia completamente, y donde compañeros, pocos eso es verdad, asturianos y vascos les conocieron e, incluso, se sorprendieron de su desparpajo y capacidad. Cuando González, sin ocultarse tras un biombo, aunque con el apodo de Isidoro, hizo aquella crítica tan contundente y fuerte durante el congreso en el exilio a la secretaría general, ya era conocido de Rodolfo Llopis. Sabía perfectamente quienes eran los sevillanos, como lo sabían los socialistas del interior. «Andrés», que era el apodo clandestino de Guerra y que tampoco se cita, ya era conocido, de ahí que entren en la ejecutiva y pueda escribir el famoso artículo que dinamitó las relaciones de Llopis con el interior. También es curioso que contando todo lo referente a este período se obvie al pequeño grupo, como todos los grupos socialistas, de Madrid. Tanto Miguel Boyer como Luis Gómez Llorente fueron detenidos y pasaron por prisión un ratito, por aquello que dice el autor que ninguno tuvo que vérselas con la DGS.
De Suresnes cuenta poco, pero hay anécdotas achacadas a Alfonso y el famoso «Pacto del Betis», sobre el que hace más caso al biografiado que a otros. Cuenta Pablo Castellano, en su libro Yo sí me acuerdo, que está en la bibliografía pero que no se cita en esto, por ejemplo, que le dijo Nicolás Redondo que era un «cabrón» por llamarlo así, del Betis. A lo que contestó el extremeño que si hubiesen ganado los vascos no habría tenido problema en llamarlo del Nervión, pero no ganaron. Ya se olía «Hervás» lo que venía con los sevillanos en el poder. Sería Guerra, por seguir con el congreso de Suresnes, el que incluiría las enmiendas ideológicas más radicales, incluso en la historia del PSOE, salvo el término «dictadura del proletariado» que fue parado por González. El PSOE jamás se había catalogado de marxistas en todos sus años y Guerra lo incluyó. Un tema nada baladí para lo que luego sucedería en el 28º Congreso.
El tratamiento del tema del famoso «Congreso del marxismo» es muy liviano y no tiene profundidad por lo que no ha querido el ensayista ver nada particular en el mismo en referencia a Guerra. Sin embargo, las mayores críticas no eran ideológicas sino contra Guerra por su forma de actuar dentro del partido, muy contrarias a la democracia interna de los socialistas. Cuando Luis Gómez Llorente inventa el término «felipismo» no era tanto una crítica a Felipe cuanto a Guerra. Si luego en el texto se habla de dominio de Alfonso sobre el partido —por cierto, se obvia que los «renovadores» se formaron en el «clan de Chamartín» por querer cargarse a Pepote Rodríguez de la Borbolla (lo que explica la enmienda para eliminar la vicesecretaria general en el famoso congreso del adiós de González), no surgen por inspiración divina como da a entender el texto—, es bueno darle una perspectiva histórica. No era Guerra más «mamón» de vicepresidente que de secretario de Organización, hay una continuidad.
Alguna expresión es graciosa porque se afirma que la tercera vía de Alonso Puerta —cabreado porque le habían quitado del primer puesto en la lista para el congreso extraordinario en detrimento de González pese a ser secretario general de Madrid, fue laminada. La realidad es que Puerta encabezaba poco o nada. Sería Gómez Llorente y Castellano los que a ese «sector crítico» lo transformarían en Izquierda Socialista —que sigue siendo la única corriente de opinión del PSOE, aunque mustia y vendida a Sánchez en la actualidad— y obligarían a Guerra a hacer una Conferencia de Organización para cambiar los estatutos y permitir la existencia de corrientes en 1984. Luego apoyarían el no a la OTAN y la huelga general de 1988. Esto no era necesario en la biografía de Guerra, evidentemente, pero no si se habla en términos históricos hay que ser preciso o callarse.
Las broncas entre renovadores y guerristas están contadas muy por encima, y sus quehaceres como vicepresidente son prácticamente ignorados, cuando existe un gran libro, ni citado en la bibliografía, de Jorge Semprún, Federico Sánchez se despide de ustedes(Tusquets), donde el escritor le da hasta en el cielo del paladar a Guerra y donde se cuentan algunas verdades sobre el personaje. ¡Qué menos que haber cotejado esas informaciones! O haber echado un vistazo al libro, al menos.
En el Congreso que elige a José Luis Rodríguez como secretario general, frente a los otros tres candidatos, se afirma que fue un militante más que apoyaba a Matilde Fernández. ¿Un militante más? Pero si hubo una reunión de todos los que apoyaban a Fernández donde Guerra dijo que había que sacar siete votos de su grupo para que no ganase José Bono. Y los votos salieron de allí. Eso propició la presidencia de la comisión Constitucional posteriormente. Son temas relativamente recientes y conocidos para obviarlos. Y luego aquello, al final del texto, de que rechaza la presidencia de Honor de la fundación Pablo Iglesias como si fuese un acto de desprendimiento por parte de uno y de regalo por parte de Pedro Sánchez. Si no llega a ser por el escándalo que se montó ni ofrecimiento de la presidencia de honor. Guerra no aceptó porque sabía que se iban a cargar la fundación Pablo Iglesias, como así ha sido, y se le puede preguntar a él. Hablando de la fundación, en el famoso viaje a Moscú, más allá de las anécdotas, posiblemente inventadas pues es muy de inventar Alfonso, lo importante era recuperar el fondo de archivo que se había llevado los soviéticos del PSOE. Ni Felipe, ni Boyer, querían ir pero había una razón memorialística. Tampoco se cuenta.
Para finalizar se queja el autor que hay poco escrito sobre Guerra, que no ha habido casi investigación. A ver, las cosas hay que buscarlas y existe una tesis doctoral de 2003, disponible en línea, que se titula El factor del liderazgo en la España contemporánea: el caso del PSOE (1974-2000) donde existe un capítulo dedicado por entero a Guerra, más todos los derivados propios de la tesis, en el cual se explica el personaje, sus significaciones simbólicas —era el «malo» por motivos más profundos de lo que se piensa—, y sus tejemanejes en la organización. El libro, ya citado, de Semprún. Numerosos libros de la época del gobierno hablan de él. Incluso, pese a decir que escribió poco, todos los textos de los libros de la fundación Sistema, del programa 2000, que ni se cita en el libro, y artículos en algunas revistas como Temas. Escribir ha escrito, pero hay que rebuscar para sacar un perfil intelectual del interfecto. Ha sido editor de algunos de los libros más interesantes sobre teoría política a finales del siglo XX. Algo ha hecho el hombre, bien o mal, pero ni aparece referenciado.
Lo dicho. Mejor ahórrense el dinero.

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